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Conjuro político en Puerto Rico: Una reflexión de ‘Telegramgate’ desde la óptica de Baudrillard

El ex-gobernador Ricardo Rosselló llama ‘puta’ a la representante Melissa Mark-Viverito en una de las imágenes más controversiales publicadas del chat.

Escándalo en la Isla del Encanto

Entre la noche del lunes 8 de julio de 2019 y el sábado de esa misma semana, el Centro de Periodismo Investigativo (CPI) publicaría unas 889 páginas que contenían imágenes filtradas de algunas conversaciones a través de un chat de telegram entre el entonces gobernador Ricardo Rosselló y otros 10 miembros de su gabinete, poniendo en marcha la generación de un escándalo sin precedentes. En las mismas, se podían apreciar a estos altos funcionarios despojados de todo el decoro que se espera públicamente de figuras de sus respectivos rangos sociales; hablaban “malo”, hacían chistes homofóbicos y sexistas, comentarios despectivos y clasistas y se burlaban de víctimas del huracán María, gente pobre y hasta de sus propios seguidores. Además de esta despreciable cultura de “frat boys”, el chat revelaba tácticas de manipulación de opinión pública a través de la selección de figuras claves para ocupar agencias que controlaran el flujo de información y un esquema de corrupción que implicaba compartir información privilegiada con individuos a cambio de dinero y otras compensaciones (Sosa, Valentín, 2019).

Frente a estas revelaciones, el descontento de muchos y muchas en Puerto Rico se hizo sentir casi inmediatamente. El 17 y el 22 de julio vieron dos de las movilizaciones multitudinarias más masivas en la historia de Puerto Rico, movilizando estas entre quinientas mil (500,000)  y un millón (1,000,000)  de personas respectivamente. Entre medio y alrededor de estas dos, se realizaron numerosas y diversas protestas que incluyeron: bicicletadas, manifestaciones acuáticas, yoga de protesta, bailes, lecturas de la constitución y veladas. Paralelamente, se dieron encontronazos nocturnos casi diariamente entre manifestantes y las unidades de fuerza de choque posteadas en un Viejo San Juan militarizado, sobre todo luego de que Rosselló decretara una política de ‘toque de queda’, que declaraba ilegales todas las concentraciones y protestas luego de las once de la noche. El valor de estos choques como generador de un elemento espectacular del escándalo, como ampliación de las fronteras de lo ‘propiamente político’ y como vehículo para canalizar la ira de muchos sectores, particularmente de la juventud, es incalculable.

El valor de estos choques como generador de un elemento espectacular del escándalo, como ampliación de las fronteras de lo ‘propiamente político’ y como vehículo para canalizar la ira de muchos sectores, particularmente de la juventud, es incalculable

Esta presión social sin precedentes ejercida sobre la clase política puertorriqueña provocó un aislamiento de la figura de Rosselló como ningún otro antes visto en nuestra historia. En una ahora famosa entrevista con Fox News el 22 de julio, el entonces gobernador tuvo dificultades para nombrar a una sola persona que aún lo apoyara. En otras palabras, numerosas figuras del PNP y de la política puertorriqueña, hasta entonces orgullosamente identificados con Rosselló, no se conformaron con nadar alrededor del hombre que se ahogaba, sino que optaron por salirse de la piscina por completo. A raíz de todo esto, creciente presión internacional y de figuras famosas y de la farándula, el gobernador anunció su renuncia el 24 de julio de 2019, la cual se concretaría a finales de ese mes, es decir, el 31 de julio

Los acontecimientos expuestos anteriormente nos obligan a una reflexión –si bien un tanto injusta, necesaria– en torno a la naturaleza de los cambios generados por el fenómeno hoy conocido simplemente como ‘el verano de 2019’, que algunos han optado por describir como una revolución. Es obvio que este escándalo tiene unas repercusiones de índole social, cultural y político que son muy difíciles de determinar a sólo seis meses de lo ocurrido. Es decir, ¿Cómo podríamos medir cambios ocurridos a los referentes, expectativas y fronteras ideológicas y de acción en los imaginarios de las personas que vivieron y observaron los acontecimientos? En el plano administrativo, sin embargo, sería más prudente hablar de un golpe de palacio que de una revolución. El ex gobernador fue sucedido por Wanda Vázquez, quien fungiera como secretaria de justicia bajo su administración y quien, por su parte, ha estado implicada en diversos casos de corrupción (Rodriguez, 2019). Adicionalmente, las tres ramas de gobierno siguen ocupadas por los mismos partidos con los mismos valores que impulsan las mismas políticas, mientras noticias sobre esquemas de corrupción e incidentes que reflejan el machismo y homofobia imperante en el gobierno son la orden del día.

Este ensayo se plantea una reflexión, no únicamente sobre el escándalo del ‘Telegramgate’ sino sobre el escándalo en sí, como fenómeno, sus componentes principales tanto a niveles mediáticos como políticos e ideológicos. Para esto, se hará uso de varias herramientas teóricas, entre las cuales estarán: el concepto de ‘conjuro político’ (political incantation) desarrollado por Jean Baudrillard en su ensayo Simulacra and Simulations, nociones en torno a los significados, significantes y codificaciones desarrolladas por Stuart Hall en Encoding, Decoding y elementos en torno a un ‘Social Media Logic’, expuestos por José Van Dijck y Thomas Poell en su ensayo Understanding Social Media Logic. El mismo propondrá, siguiendo la lógica argumentativa de Jean Baudrillard en torno a Watergate, que la constitución de un escándalo –como el ahora denominado ‘Telegramgate’– no depende necesariamente de los acontecimientos en sí sino de la construcción narrativa que se hace de los eventos a través de una serie de procesos sociales y comunicativos. En esta construcción, a su vez, se pueden identificar mecanismos de autopreservación por parte de un sistema que busca proyectar sus defectos inherentes hacia fenómenos aislados que ya obtuvieron una resolución satisfactoria.

La ex-secretaria de justicia y actual gobernadora, Wanda Vázquez, ha sido implicada en varios esquemas de corrupción.

¿Qué es y cómo se constituye un escándalo?

En Encoding, decoding Stuart Hall elabora sobre la creación, circulación, consumo y reproducción de mensajes en nuestra sociedad moderna (Hall, 1973). El autor identifica estas cuatro etapas que, si bien están inseparablemente conectadas entre sí, conserva cada una un cierto nivel de relativa autonomía, como estadios esenciales de la teoría de la comunicación en cuanto a la generación de sentido(s). En este proceso de codificación/decodificación, cada estadio genera y le imprime significantes y connotaciones particulares a los mensajes que transmite, correspondiente a sus características, modos y lenguajes respectivos. En cuanto a la significación de eventos, Hall nos dice: “Events can only be signified within the aural-visual forms of the televisual discourse, it is subject to all the complex formal ‘rules’ by which language signifies. To put it paradoxically, the event must become a ‘story’ before it can become a communicative event.” (Hall, 1973, p. 92). Si bien esta cita se refiere específicamente al discurso televisivo, es evidente que podemos aplicar la misma lógica a cualquier medio comunicativo que transmita algún mensaje. Es decir, para que un evento pueda constituirse en un fenómeno particular –como, por ejemplo, en un escándalo– debe ser antes construido como uno. Esta construcción no se da como resultado de una agenda impuesta unilateralmente por los productores de contenidos, sino que es el resultado de las codificaciones particulares que aporta cada estadio a un mensaje al ser este circulado, transmitido y reproducido por toda una sociedad.

En el libro Manufacturing Consent: The Political Economy of the Mass Media Edward Herman y Noam Chomsky nos ofrecen un buen ejemplo histórico de este fenómeno. En el segundo capítulo, titulado ‘Worthy and Unworthy Victims’ , los autores utilizan análisis de discurso y de contenido, es decir, acercamientos cuantitativos y cualitativos, para comparar la cobertura que hicieron los medios corporativos norteamericanos en torno al asesinato de Jerzy Popieluzko, un sacerdote polaco asesinado en 1984 por la policía polaca bajo influencia soviética, con la cobertura que dieron estos mismos medios a otros asesinatos e incidentes violentos ocurridos en Centroamérica, perpetrados por gobiernos que respondían a Washington. En estas páginas, Chomsky y Herman demuestran cómo el asesinato de Popieluzko se narraba con elementos sumamente emotivos y trágicos, con descripciones gráficas y morbosas de los detalles de su muerte que exigían que se hiciera justicia a toda costa. Mientras tanto, asesinatos a figuras públicas como al arzobispo Oscar Romero en El Salvador, masacres y violaciones sexuales y de derechos humanos ocurridas en Guatemala –incluso a misioneras ciudadanas norteamericanas– no eran cubiertas o, en el mejor de los casos, eran mencionadas de pasada, sin detalle, y se perdían en un mar de datos sobre una supuesta violencia generalizada que hacía imposible identificar a los culpables. En estos casos, la magnitud de los escándalos como fenómenos construidos narrativamente no correspondía necesariamente con el número de víctimas asesinadas ni con la brutalidad de los crímenes cometidos o su significancia histórica sino con los intereses geopolíticos del gobierno de los Estados Unidos (Herman, Chomsky, 1988, p. 37-86).

Más cercano a nuestro contexto, los tres años de presidencia de Donald Trump nos han ofrecido varios ejemplos de este mismo fenómeno. Parecería ser que Trump comete al menos dos actos dignos de convertirse en escándalos que derrumbarían cualquier otra presidencia semanalmente. Sin embargo, muchos de estos desaparecen de la discusión pública y del ciclo noticioso tan abruptamente como entraron. Por ejemplo, poco se habla hoy día en los medios noticiosos sobre las 25 acusaciones de acoso o agresión sexual (Relman, 2019) –incluyendo acusaciones de violación– en su contra, o de la información revelada por el New York Times hace un año, que detallaba el esquema de corrupción y crimen (Barstow, Craig, Buettner, 2018) mediante el que el actual presidente de la nación más poderosa del mundo evitó pagar contribuciones sobre la herencia millonaria que le dejó su padre. Esto, a pesar de la existencia de un audio en la que el presidente presume de, precisamente, agredir a mujeres sin su consentimiento y a pesar del hecho de que este se ha negado a hacer pública su información financiera personal. En este caso, la economía política de los medios de comunicación masivos se impone incluso a la naturaleza escandalosa de las noticias alrededor de la figura de Trump, haciendo que la búsqueda desenfrenada de ‘ratings’ a través de coberturas sensacionalistas y ruidosas de cada nuevo ‘twit’ o comentario sea más importante que dar seguimiento a las legítimas ilegalidades cometidas por este.  

Como se elaboró anteriormente y según demuestran los ejemplos traídos, los factores que determinan la magnitud de un escándalo como fenómeno no dependen de los acontecimientos en sí, es decir, cuan inmoral o escandalosos puedan ser estos, sino de otros factores relacionados a rutinas de producción, intereses corporativos, estatales o particulares, contexto, cantidad de cobertura y exposición, resonancia ideológica de la construcción narrativa con la audiencia receptora, etcétera. Podríamos concluir entonces que, al menos en nuestro contexto histórico, un escándalo es una construcción mediática con unas características narrativas, formas particulares de exposición y dimensiones comunicacionales. Para propósitos de este ensayo, se han identificado tres dimensiones mediáticas en la construcción de un escándalo: a) una dimensión noticiosa, que corresponde, siguiendo la línea de Hall, a la producción y circulación de contenidos; b) una dimensión de audiencia, que corresponde al consumo y reproducción de mensajes y es encarnada en nuestro contexto por las redes sociales; y c) una dimensión espectacular que, a su vez, atraviesa las otras dos. Más adelante en este ensayo volveremos a estos tres elementos y elaboraremos sobre los mismos. Sin embargo, antes se hace necesario identificar un tipo de escándalo particular y las aportaciones teóricas en cuanto a este, el escándalo político. 

Baudrillard y el simulacro

En su conocido ensayo Simulacra and Simulations, Jean Baudrillard ubica el escándalo dentro de lo que describe como un estadio de ‘hiperrealidad’. Para Baudrillard, la hiperrealidad constituye un momento de generación y regeneración constante de modelos sin un original, sin un ‘real’. A diferencia de copias, imitaciones o representaciones, que dejan el principio de la realidad que imitan o representan intacto, el simulacro –que genera el estadio de hiperrealidad– mezcla sus propios elementos con los elementos de la realidad y se vuelve indistinguible de esta, la sustituye. Baudrillard nos dice: “Representation starts from the principle that the sign and the real are equivalent … simulation starts from the Utopia of this principle of equivalence, from the radical negation of the sign as value … representation tries to absorb simulation by interpreting it as false representatrion, simulation envelops the whole edifice of representation as itself a simulacrum.” (Baudrillard, 1988, p. 4). En otras palabras, el simulacro diluye la realidad en una sucesión constante de modelos intercambiables entre sí que no se deben a ningún referente ‘real’ sino que se convierten estos en los nuevos referentes.

Quizás uno de los ejemplos más útiles que brinda Braudillard es el de un bombazo hipotético en Italia (que, para motivos de mayor resonancia con nuestro contexto, podríamos hablar de Afganistán o Iraq). El autor plantea que este podría ser tanto un acto de la extrema-derecha, como del centro para desprestigiar a otros bandos o de la policía para argumentar por un aumento en la seguridad y que “cada modelo es igualmente cierto, ya que la objetividad del hecho no entra en este vértigo de interpretaciones” (Ibid., p. 8). El modelo no sólo viene antes de los hechos, sino que los hechos ya no ocurren por sí solos, estos giran alrededor de los modelos disponibles que permiten articular las narrativas (Ibid.) Para Baudrillard, este estadio de hiperrealidad genera en los humanos que lo experimentamos una nostalgia por lo real en la que “It is always a question of proving the real by the imaginary; proving truth by scandal; proving the law by transgression; proving work by the strike; proving the system by crisis and capital by revolution and for that matter proving ehtnology by the dispossession of its object..” (Ibid., p.10).

Watergate y el conjuro político: El escándalo político según Baudrillard 

En términos históricos, Watergate es hoy el referente de escándalo político por excelencia. Tanto es así que, ya sea por similitud o por falta de imaginación, este evento imprime su nombre a todos los escándalos posteriores, como hemos visto en los ejemplos de ‘Russiagate’ y ‘Telegramgate’. Podría sorprender entonces el hecho de que, para Baudrillard, Watergate no se trata ‘realmente’ de un escándalo sino de un simulacro de uno que busca disimular el hecho de que, precisamente, no hay escándalo: “Watergate above all succeeded in imposing the idea that Watergate was a scandal … the reinjection of a large dose of political morality on a global scale … capital, which is immoral and unscrupulous, can only function behind a moral superstructure, and whoever regenerates this public morality (by indignation, denunciation, etc.) spontaneously furthers the order of capital…” … “Watergate is not a scandal … capital: its instantaneous cruelty; its incomprehensible ferocity; its fundamental inmorality – these are what are scandalous…” (Ibid., p.6-7).

En otras palabras, para Baudrillard la producción mediática de Watergate, su construcción narrativa como un escándalo, se trata de un mecanismo de auto-reproducción o auto-preservación del sistema capitalista. Es decir, en un contexto de injusticia imperante en el que la base capitalista sobre la que opera la super estructura jurídica que se disponía a residenciar a Nixon es inherentemente inmoral, el escándalo político funciona como chivo expiatorio del cual el sistema puede desentenderse, lavarse las manos y seguir operando como de costumbre. Ubicándonos desde la óptica del concepto de ‘nostalgia por lo real’ elaborado anteriormente, podríamos argumentar que Watergate es el lienzo sobre el cual tanto el sistema, como la clase política, los medios noticiosos y hasta la misma población pueden proyectar su angustia y desesperación y, como plantea Baudrillard, reinyectarse nuevamente de moralidad. 

Telegramgate como conjuro político 

Si aceptamos los planteamientos de Braudillard expuestos anteriormente, se hace evidente la aplicabilidad de sus conceptos y análisis a nuestro propio escándalo político, Telegramgate.  Por un lado, esquemas de corrupción, ejemplificados en las ventas de influencias a cambio de favores políticos y donaciones de campaña y en el acomodo de familiares e ‘hijos talentosos’ de la clase política en puestos administrativos son ya tan rutinarios en nuestro ciclo de noticias diarias como los pronósticos del tiempo y, como tal, han dejado de ser un escándalo por sí mismos. Por otro lado, la gigantesca influencia del fundamentalismo religioso en la política, con su agenda homofóbica y machista, se acepta ya abiertamente como parte de los balances políticos, sin que ocurra problematización alguna sobre el hecho. En otras palabras, aquellos elementos más destacados por la prensa y la opinión pública como fuentes de indignación en el chat, es decir, los esquemas de corrupción, la homofobia, el sexismo, el clasismo y la actitud cínica de la clase política frente a los sufrimientos de sus constituyentes son, precisamente, elementos que están sistemáticamente integrados con la operación diaria de nuestro gobierno.  

En un altercado grabado, el presidente del senado, Thomas Rivera Schatz le dice ‘qua qua’ al senador Bhatia, a lo que este responde ‘el pato eres tú’.

Desde este punto de vista, la dimensión noticiosa del escándalo de Telegram muestra una realidad contradictoria. Si bien las aportaciones y el trabajo de periodistas como Carla Minet, Luis Valentín y otros son incalculables, una de las revelaciones más impactantes del chat fue, precisamente, como el equipo de Rosselló cuidaba de su figura pública a través de conexiones a base de garantías, favores y hasta contratos con algunas figuras de la prensa. Exceptuando la participación de organizaciones como el Centro de Periodismo Investigativo, los primeros días del escándalo se caracterizaron por la falta de preguntas incisivas o incomodas a la administración de Rosselló. Desde el punto de vista de la construcción de narrativas, vale la pena recordar un incidente en el que, tras la policía haber incendiado un auto, telemundo reportó que habían sido los manifestantes los causantes del incendio. Sólo luego de varias horas de presión a través de las redes sociales, en donde manifestantes compartieron videos evidenciando lo sucedido, telemundo se retractó. Adicionalmente, ante los ojos de muchos la editorial de El Nuevo Día llevó acabo un esfuerzo para presentar la imagen de Pedro Pierluisi como una posible solución a la crisis constitucional luego de la renuncia de Rosselló, como también se encargó de presentar a Wanda Vázquez como una figura fuera de la política –imagen que aún hoy día persiste– a pesar de ser parte de la administración de Rosselló y estar implicada en algunos esquemas de corrupción, como se señaló anteriormente.

Sin embargo, sería demasiado ingenuo y pesimista pensar que los únicos elementos que constituyen un escándalo son aquellos que se articulan desde los intereses del estatus quo. Como lo demuestra la dimensión de audiencia de nuestro escándalo, existen también elementos inequívocamente democráticos que, en algunos casos, luchan por imponer sus propias nociones, definiciones y expectativas en la pugna por la articulación de sentidos. Si miramos esta dimensión principalmente desde las redes sociales, vemos que es aquí donde se articularon consignas como el #Rickyrenuncia y se configuraron fronteras políticas más ambiciosas de lo posible, muchas de las cuales no cabían en la prensa corporativa. Es también en este espacio en donde se concretizaron la mayoría de las ‘convocatorias relámpago’, que fueron responsables de las movilizaciones rápidas que se daban a diario y que imprimieron gran parte del espíritu a esta jornada de protestas.

En el artículo Understanding Social Media Logic, José Van Dijck y Thomas Poell exponen como las nuevas lógicas operacionales de nuevos medios y nuevas tecnologías no se quedan necesariamente dentro de sus respectivos campos, sino que se expanden y se filtran a otras áreas de la sociedad. De la misma forma que el advenimiento de los medios masivos a mediados del siglo pasado, es decir, la radio y la televisión, generaron un nuevo tipo de lógica –mass media logic– en términos de espacio, tiempo, acción y expectativas en torno a lo político y al entretenimiento, así también el advenimiento de las redes sociales y su ubiquidad en nuestras vidas nos exhorta a desarrollar nuevas perspectivas y expectativas en torno a lo que es posible. Esta perspectiva nos invita a unas reflexiones adicionales interesantes, ¿hasta qué punto las nuevas lógicas organizacionales y de movilización que se vieron en el ‘verano de 2019’ responden, en parte, a nuevas lógicas operacionales e ideológicas adoptadas de las redes sociales? ¿Hasta qué punto la disonancia entre el argumento legalista (que era el gobernador electo democráticamente) para la permanencia de Rosselló y la voluntad de grandes sectores de la población, particularmente aquellos movilizados, se debe a nuevas expectativas de la operación política heredadas, en parte, de las lógicas de las redes sociales? 

Este ensayo ha intentado argumentar que la utilidad de los conceptos desarrollados por Baudrillard, particularmente los conceptos en torno al conjuro político y la nostalgia por lo real, para entender el fenómeno denominado como ‘Telegramgate’ es incuestionable. Ademas, se ha pretendido demostrar que los ‘escándalos’ como fenómenos sociales, son hoy en día construcciones mediáticas cuyos elementos constitutivos responden a una diversidad de factores que van más allá de las cualidades internas a los acontecimientos en sí. En cuanto al escándalo de Telegram, es evidente que los elementos de este que más han sido destacados guardan una correlación directa con los problemas estructurales que padece el Estado Libre Asociado de Puerto Rico. Tomando esto en cuenta, es innegable que gran parte de la construcción de ‘Telegramgate’ como escándalo responde a intereses del estatus quo por, como diría Baudrillard, reinyectar una dosis de moral a un sistema colonial y, por lo tanto, inherentemente desigual en bancarrota moral. Sin embargo, el ‘verano de 2019’ cuenta también con elementos innegablemente democráticos y subversivos que responden a nuevas fronteras y a nuevas formas de imaginar lo ‘real’ y lo posible. Las repercusiones de estos nuevos imaginarios aún están por verse.  

Se estima que alrededor de un millón de personas marcharon el 22 de julio de 2019 para exigir la renuncia de Ricardo Rosselló.

Bibliografía

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